Soltar

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Soltar

Por Christian Zapata

Mi esposa y yo nos casamos el 23 de julio de 2005, en la parroquia San Daniel El Profeta en el sureste de Chicago. Delante de Dios, nuestra familia y amigos, profesamos nuestro amor y compromiso eterno el uno al otro. Después de una recepción maravillosa con música, baile y alegría, nuestro día de bodas terminó y comenzó nuestro matrimonio.

Antes de nuestra boda, ambos estábamos en el proceso de terminar nuestros estudios post grado y después de la graduación, fuimos muy afortunados al obtener carreras gratificantes en nuestros campos de estudio. Joanne consiguió trabajo como maestra de secundaria, y yo, como terapeuta familiar. Un mes antes del día de nuestra boda, compramos nuestra primera casa. Era una casa con falta de arreglo, pero tenía potencial y sentimos que podríamos convertirla en nuestro primer hogar. Ya estábamos listos para una comienzo solido en esto del matrimonio. Habíamos terminado nuestras carreras, encontramos trabajos prometedores, y compramos nuestra primera casa, todo antes del día de nuestra boda. Todo pintaba bien para nosotros. A medida que pasaban los años, Joanne y yo trabajamos duro en nuestras carreras, estableciéndonos profesionalmente y recibiendo varias promociones. Pasamos mucho tiempo saliendo a citas románticas y por lo menos una vez al año planeábamos unas bonitas vacaciones. Juntos vimos amaneceres en las playas de Santorini en el este y los atardeceres de Cabo San Lucas en el oeste.

Por unos seis años sentimos que teníamos todo lo que anhelábamos y necesitábamos. Pero luego de muchas conversaciones, y dándole vueltas al asunto, nos dimos cuenta de que en nuestra vida faltaba una pieza clave: hijos. Quizá nos habíamos considerado suertudos por no tener hijos aun, pues ambos estábamos muy involucrados en nuestras carreras, haciendo voluntariado, y participando en la iglesia. Muy al estilo de la familia Zapata, decidimos planear esto muy bien. Decidimos que el mejor tiempo para tener hijos coincidiría con la agenda escolar de mi esposa para que pudiera estar en casa todo el verano y mi horario de trabajo no fuera tan atareado. Hacía perfecto sentido en nuestras mentes y en papel. Pero a medida que pasaban las semanas, no sucedía nada. Nada de bebé.

Comenzamos a preocuparnos, y buscamos consejo médico sobre como proceder. Después de navegar por el proceso complicado del seguro HMO, nos encontramos sentados en el consultorio de un especialista en fertilidad. Honestamente, la primera cita fue como nublada para ambos. El equipo de enfermeros y el doctor hablaban de inyecciones de hormonas, extracciones de óvulos y embriones de calidad AA. Nos fuimos del consultorio sintiéndonos muy agobiados, temerosos y preguntándonos si estábamos haciendo lo correcto. Pasamos varios días orando individualmente y juntos, y buscando guía espiritual por parte de nuestro sacerdote. Nos hacíamos preguntas existenciales como, ¿será que no debemos tener hijos? O ¿estamos poniendo nuestra voluntad por encima de la de Dios? Después de pasar días leyendo paquetes de información, navegando la red en busca de todo lo que tuviera que ver con infertilidad, orando y después de una reunión de afirmación con nuestro sacerdote, decidimos continuar con el proceso. Estábamos emocionados, pero nerviosos al mismo tiempo.

Comenzamos la primera ronda del tratamiento IVF y nos pidieron que regresáramos en tres semanas para determinar si el embrión había sobrevivido el traslado. Esas fueron las tres semanas más largas de nuestras vidas. Llego el día y las enfermeras hicieron la prueba de embarazo. Regresaron con noticias desalentadoras; no había embarazo. Los doctores no nos dieron una razón exacta de porqué no había funcionado, pero nos dieron una letanía de estadísticas como manera de consuelo.

Comenzamos la segunda ronda del tratamiento IVF y nos recomendaron que incrementáramos el numero de embriones de uno a tres. Los doctores volvieron a recitarnos las estadísticas sobre los embarazos múltiples y los posibles riesgos. Aun así, anhelábamos tener nuestros propios hijos, así que procedimos. Una vez más, esperamos tres semanas y cuando regresamos a la clínica, por fin escuchamos la noticia que tanto esperábamos; ¡felicidades estás embarazada… con gemelos! No recuerdo el viaje a casa. Debimos haber flotado hasta la casa. Habíamos tratado por tanto tiempo con resultados negativos y escuchar por fin esas palabras mágicas crearon tal alegría y contentamiento en nosotros que agradecimos a Dios por tener su mano en todo este proceso y por haber creado esta oportunidad para nuestra familia.

Nos pidieron que regresáramos dos semanas más tarde para revisar a los “bebés”. Durante esas dos semanas pasamos todo nuestro tiempo navegando la internet y buscando tiendas de bebés para comprar dos de todo. El sentimiento era indescriptible. Nuestros sueños y nuestra esperanza se habían multiplicado por dos. En la siguiente visita medica, la enfermera regresó con un semblante triste y nos dijo, “lo siento mucho, pero no lograron sobrevivir.” Una vez más, no recuerdo el viaje a casa.
La noticia fue tan devastadora que hablamos muy poco el uno con el otro los siguientes días. No estábamos molestos; solo que cada uno estaba en su propio mundo tratando de lidiar con el shock y la decepción. Sentimos que tocamos fondo y no teníamos ganas de hacer nada más. Las tensiones se acrecentaban en nuestro hogar y ninguno de los dos quería decir algo que pudiera molestar al otro. Parecía que camináramos sobre arenas movedizas.

Fue en el momento más oscuro que Dios nos iluminó con su luz más resplandeciente. Fue en el momento donde nos sentimos fuera de control que nos dimos cuenta que necesitábamos rendirnos ante el proceso y verdaderamente dejarlo en las manos de Dios. Llegamos a la realización de que a pesar de nuestras oraciones y de decir que teníamos fe; en realidad éramos quienes llevábamos el proceso. Mi esposa y yo habíamos conversado muchas veces sobre quiénes eramos, lo que creíamos y en quien queríamos convertirnos como individuos y como familia. Batallamos bastante para poder realmente “soltar y dejar que Dios se encargara.” Nuestras vidas siempre habían sido definidas por nuestros logros como resultado de nuestras ganas y determinación. Fue en el momento donde mas rotos estábamos que por fin nos sentimos mas completos como pareja. Durante todo este procesos fuimos recordados de Proverbios 3:5-6:

Confía en el Señor de todo corazón, y no en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él allanará tus sendas.”

Acerca de Christian A. Zapata

Christian A. Zapata es un trabajador social clínico licenciado con una maestría de Jane Adams College of Social Work. Christian terminó sus programas de entrenamiento post-grado en el Chicago Center for Family Health in Marriage and Family Systems Therapy al igual que del Illinois Child-Parent Psychotherapy Learning Collaborative a través del Erickson Institute in Child-Parent Psychotherapy. Cristian cuenta con más de 13 años de experiencia proveyendo servicios terapéuticos multi-culturales a niños, adolescentes y adultos. El Sr. Zapata actualmente trabaja como Supervisor de Trabajo Social para el Friedman Place donde se encarga de los programas y provee servicios terapéuticos a adultos ciegos o con vista deteriorada.

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